Una carta de exhortación a la iglesia

¿Qué es una carta de exhortación a la iglesia?
En coyunturas particulares de nuestra vida en comunidad, los miembros de la Iglesia Episcopal se han unido en llamar a la gente y a los líderes a interpretar las señales de los tiempos, discernir la inspiración del Espíritu Santo y actuar con audacia para proclamar el evangelio en contextos y situaciones nuevas. Una manera concreta de realizar este llamado es mediante una Carta de Exhortación a la Iglesia. Creemos que hemos llegado a uno de esos momentos críticos en la vida de nuestra iglesia. Respetuosamente presentamos esta carta de exhortación en la que llamamos a la iglesia a renovar su compromiso con las disciplinas espirituales centrales de nuestra vida en comunidad, a entrar en nuestros vecindarios audazmente con plantadores y revitalizadores de iglesias, y a reestructurar nuestra iglesia para la misión que Dios hoy está poniendo ante nosotros.

 

Una carta de exhortación a la iglesia

A las diputadas, los diputados, las obispas y los obispos de la Iglesia Episcopal reunidos en la 78ª Convención General:

Pero los que tuvieron que salir de Jerusalén anunciaban la buena noticia por dondequiera que iban. Felipe, uno de ellos, se dirigió a la principal ciudad de Samaria y comenzó a hablarles de Cristo. La gente se reunía, y todos escuchaban con atención lo que decía Felipe, pues veían las señales milagrosas hechas por él. Por esta causa hubo gran alegría en aquel pueblo. Hechos 8: 4-6, 8

En el octavo capítulo de los Hechos de los Apóstoles, la iglesia, recién formada con discípulos del Salvador resucitado, se encontró en una situación nueva. Las cristianas y los cristianos ya no podían depender de las formas tradicionales de seguir a Jesús ni de los lugares tradicionales donde hacerlo. Expulsados ​​de una vida cómoda que había consistido en orar en el Templo de Jerusalén y esperar el reino venidero, estos discípulos se encontraron de repente en vecindarios nuevos e inesperados y desarrollaron nuevas formas de proclamar la Palabra. Sin embargo, descubrieron que las multitudes estaban ansiosas de escuchar la Buena Nueva de Cristo y la recibían con alegría. Haber perdido las formas antiguas de ser la iglesia les dio oportunidades de extender y multiplicar el alcance del amor de Cristo.

Nuestra amada Iglesia Episcopal se encuentra en una situación similar. Tenemos que encontrar nuevas formas de proclamar el evangelio en vecindarios diversos y cambiantes. Las formas viejas de ser la iglesia ya no funcionan. Ya no podemos conformarnos con complacencia y comodidad. Ya no podemos fingir que dominamos el panorama político y social. Ya no podemos esperar dentro de nuestros santuarios para darles la bienvenida a aquellos que quieren convertirse en episcopales.

Tenemos dos opciones ante nosotros. Podemos continuar, valiente y trágicamente, tratando de salvar todos los derechos y privilegios que hemos disfrutado en el pasado; podemos seguir viendo nuestra iglesia menguar hasta que algún día se convierta un museo de la fe de nuestros antepasados; podemos seguir como si nada ocurriera hasta que perdamos por completo nuestra vida común.

O podemos perder nuestra vida por causa de Jesús, para que podamos salvarla.

Nosotros, los abajo firmantes, amamos la Iglesia Episcopal y creemos apasionadamente en el don que esta iglesia ofrece. Lavados en las aguas del Bautismo y alimentados de los manantiales profundos de la palabra y el sacramento, experimentamos el poder de la presencia de Dios cada vez que leemos las Escrituras y celebramos la Eucaristía. Nos maravilla el misterio de la Santísima Trinidad y el poder del Dios trino de amar, perdonar, y restaurar. Conocemos el gozo de servir a Dios mediante el servicio a los demás. Anhelamos un mundo en el que cada estructura injusta sea derrocada. Amamos tanto esta iglesia que anhelamos que se transforme.

Reconocemos la importancia de este momento. Nos unimos al Grupo de Trabajo para Reimaginar la Iglesia en extenderle un llamado a la iglesia para que siga a Jesús a los vecindarios, viajando con muy poco. Nuestras esperanzas y aspiraciones más profundas no dependen de ningún acto particular de esta Convención. Muchos de los pasos esenciales se encuentran en el camino del discipulado diario emprendido por congregaciones e individuos de toda la iglesia, y elogiamos el trabajo de muchas y muchos que están ayudando a la iglesia a adoptar estas prácticas de discipulado. Sin embargo, esta convención tiene la oportunidad de actuar en una serie de cuestiones que pueden apoyar al pueblo fiel de Dios, a nuestras parroquias y misiones, y a nuestras diócesis para vivir la Gran Comisión y el Gran Mandamiento.

Específicamente, llamamos a la gente de la Iglesia Episcopal a:

  • Volver a comprometerse a leer las Escrituras, orar diariamente, reunirse semanalmente para la adoración colectiva, y contribuir para la expansión del Reino, conscientes de que participar en estas prácticas trae la transformación personal y colectiva;
  • Compartir las Buenas Nuevas de Jesucristo en palabra y obra; esto incluye aprender a explicar cómo Jesús transforma nuestras vidas, incluso y especialmente a aquellos que no han experimentado la verdadera transformación;
  • Orar y ayunar para que el Espíritu Santo aumente día a día el número de personas transformadas por la gracia de Cristo;
  • Encontrar a Jesucristo al servir con amor a los necesitados y al buscar la justicia y la paz entre todos los pueblos.

Y extendemos un llamado a los obispos, las obispas, los diputados y las diputadas reunidos para la Convención para que adopten las siguientes acciones como formas específicas de iniciar este periodo de transición con un espíritu de exploración, descubriendo los dones que el Espíritu Santo tiene preparados para nosotros en este momento:

  • Participar creativa y abiertamente, y con fervorosa oración, para comprender las señales de los tiempos y discernir las formas particulares en que Dios le está hablando hoy a la Iglesia Episcopal;
  • Orar, leer las Escrituras, y buscar profundamente la guía del Espíritu Santo al elegir un nuevo Obispo Presidente y otros líderes, al lanzar iniciativas creativas para extender el reino, y al reestructurar la iglesia para la misión;
  • Financiar exageradamente iniciativas de evangelización: capacitar a los jornaleros que van a la cosecha a revitalizar congregaciones ya existentes y plantar otras nuevas; formar redes y ofertas educativas para capacitar y desplegar plantadores de iglesias y revitalizadores que seguirán a Jesús en todo tipo de vecindario; y crear oportunidades de capacitación para el ministerio bilingüe y bicultural;
  • Dejar de lado nuestra obsesión con edificios, estructuras, hábitos confortables, egos y conflictos que no sirven bien a la iglesia;
  • Eliminar los obstáculos incrustados en las estructuras actuales (sin importar que en el pasado hayan sido útiles o bien intencionados) que dificultan iniciativas nuevas y creativas de misión y evangelización;
  • Reorientar nuestras energías: en vez de construir una estructura grande, centralizada, costosa, y jerárquica para toda la iglesia, empecemos a crear redes y apoyar la misión a nivel local, donde todas y todos podamos aprender a seguir a Jesús en todos nuestros vecindarios.

Como aquellos primeros seguidores de Cristo, estamos hoy esparcidos sin lugares y maneras familiares y cómodas de ser la iglesia. En lugar de ser gobernados por la memoria y consumidos por el miedo, podemos acoger esta crisis, confiando en que el Señor de la Vida nos dará todo lo que necesitamos para difundir el Evangelio, proclamar el reino, y compartir el amor de Dios. Que Dios le conceda gran alegría a cada ciudad y vecindario al que vayamos.

Respetuosamente,

Firmantes

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